El patriarcado es la estructura familiar básica de todas las sociedades contemporáneas. Se caracteriza por la autoridad, impuesta desde instituciones, de los hombres sobre las mujeres y sus hijos en la unidad familiar. Para que los hombres puedan ejercer esta autoridad, el patriarcado debe dominar toda la organización de la sociedad, de la producción y el consumo a la política, el derecho y la cultura. Las relaciones entre personas también están marcadas por la dominación y la violencia que se originan en la cultura y las instituciones.
Sin la familia patriarcal, esta forma de estructura familiar quedaría desenmascarada como una dominación arbitraria y acabaría siendo derrocada.
Tanto en el campo de la religión o del gobierno, la figura del padre se ha vinculado a un personaje sabio, previsor y protector. En este contexto patriarcal, las mujeres son consideradas personas subordinadas cuya principal misión era procurar la reproducción física de la especie. Ello exigía, por parte de las mujeres, una dedicación casi exclusiva a las labores de gestación, cuidado y educación de los hijos, que dio lugar a una división sexual del trabajo.
En las sociedades tradicionales, hombres y mujeres tenían universos culturales separados y complementarios, y en esos ámbitos disponían de una competencia propia que tendía a ser exclusiva. Las mujeres son las que peor paradas han salido de esta situación, pues al convertirse en una de las claves de la conservación social, resulta comprensible que el sistema patriarcal practicara un control de la fecundidad.
Uno de los aspectos más destacados de la constitución de la familia patriarcal es la presencia del padre. En el patriarcado se considera que la figura de un hombre da protección a la madre y a los hijos, otorgando además legitimidad a estos últimos.
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